Hay historias que empiezan donde otras terminan. Las comedias románticas, dice Gilma Luque, suelen cerrar justo en el momento equivocado, cuando la pareja se encuentra y todo parece resuelto. A ella le interesa lo que pasa después de eso, cuando el amor ya ocurrió y empieza a desgastarse. “Siempre he pensado que esos finales me gustan porque también son falsos —dice—, porque cuando la historia termina, cuando son felices para siempre, es cuando en realidad comienza la historia”.

Entrevistamos a Gilma Luque sobre El hombre en el jardín una novela que se desarrolla precisamente ahí, en la erosión. Desde el extrañamiento de convivir sin estar juntos, la historia sigue el derrumbe lento de una relación y la imposibilidad de cerrar una historia de amor cuando nadie se atreve a dar el paso final.

La escritura fragmentaria de Gilma Luque

Luque comenzó a escribir El hombre en el jardín alrededor de 2018, un trabajo que fue evolucionando poco a poco hasta recibir el Premio Internacional de Novela Breve Rosario Castellanos en 2023: “No llego a mi casa y escribo diario varias horas; escribo cada vez que puedo y escribo todo el tiempo en mi cabeza”, nos cuenta. El proceso fue fragmentario, desde notas sueltas, lecturas que se filtraban y un diario que iba acumulando restos. La novela se fue armando como se arma una memoria.

Esa forma de trabajo explica la estructura del libro. Los capítulos son breves, las escenas aparecen como destellos, no como secuencias cerradas. Gilma lo confirma: “La escribí por fragmentos, casi toda, y ya después fui completando la historia”. El resultado es un texto contenido, sin exceso, que parece saber exactamente qué mostrar y qué callar.

Fotografía de la escritora Gilma Luque.

Una sola perspectiva de una separación que no termina

El mayor reto, reconoce Luque, fue la voz narrativa. Inés, la protagonista, habla en primera persona, pero no como confesión ni como ajuste de cuentas. “No quería que fuera totalmente subjetiva —explica—; quería que el lector pudiera dudar de lo que ella cuenta, aunque ella no dude”.

Inés cuenta desde su punto de vista, con una seguridad que contrasta con la extrañeza que provoca. Lo que ella narra parece sólido; lo que el lector percibe, no tanto. La distancia entre ambas instancias genera una inquietud constante. Luque lo resume así: “El reto era darle esa veracidad y que causara extrañeza en el otro”.

La imagen central de la novela es tan simple como perturbadora, Emilio, el esposo de Inés, se muda al jardín de la casa. No se va del todo pero tampoco se queda; Luque pensó desde el inicio en esa situación: “Yo quería escribir la historia de un hombre que se va a vivir al jardín”. El gesto es absurdo, pero precisamente por eso resulta eficaz.

Emilio no se va porque separarse, dice Luque, es un proceso lento y devastador. “Cuando uno decide ya no estar con alguien se vuelve un proceso muy largo —explica—, porque el otro se revela como es y uno deja de reconocerlo”. El jardín funciona como metáfora de esa indecisión, marca una distancia sin asumir la ruptura. “Podría haberse ido de la casa, pero quería que fuera difícil la separación”, afirma.

En ese vaivén emocional, los cambios de cada uno se hacen evidentes, sobre todo de él. La transformación de Emilio, su progresiva degradación, su aspecto casi indigente, busca hacer un énfasis. “Tenía que ser exagerado para que se viera la transformación ante los ojos de ella”, dice Luque.

Devastación íntima en medio de la devastación urbana

Mientras el matrimonio se derrumba, el barrio también lo hace. La casa con jardín está rodeada de edificios en demolición y de construcciones nuevas que avanzan sin pausa. “Quería marcar la devastación interna por fuera”, nos cuenta. El entorno urbano funciona como un fiel reflejo emocional de la historia.

La resistencia al cambio atraviesa tanto la relación como el espacio. Inés y Emilio se aferran a una forma de vida que ya no existe, del mismo modo en que el barrio resiste la especulación inmobiliaria. “Se resisten al cambio, a cualquier tipo de cambio”, dice Luque.

El hombre en el jardín está construido a partir de lo que no se dice. De Emilio sabemos muy poco; de la madre, casi nada; de los abuelos, apenas lo suficiente. “La manera de hacer más extraño al otro es no contarlo”, afirma la autora.

Los capítulos breves, los fragmentos y las omisiones responden a la idea de que nunca terminamos de conocer a los otros. “Lo importante es la historia que no está”, dice. Inés debe inventar a su madre a partir de recuerdos mínimos; relacionarse más con la ausencia que con la presencia, y la novela se desarrolla en ese vacío.

La portada del libro "El hombre en el jardín" de Gilma Luque.

Amor, culpa y duelo en El hombre en el jardín

Inés atraviesa múltiples duelos, el abandono materno, la muerte de los abuelos, la separación inconclusa con Emilio. “Cada pérdida se vive distinto”, explica Gilma. Pero juntas conforman un duelo permanente, una forma de estar en el mundo marcada por la conciencia de que todo vínculo es, tarde o temprano, vulnerable.

En ese sentido, la novela entiende el amor como un proceso atravesado por la pérdida. “Amar y dejar de amar forman parte del mismo milagro”, se lee en el libro, una idea que la autora refuerza en la entrevista cuando afirma que el amor no se termina, sino que se transforma. Amar implica aceptar que el vínculo cambiará, que no siempre será luminoso y que, en su reverso, puede volverse devastador.

Uno de los ejes más ricos de la novela es la presencia de los animales. La gata, la tortuga, los perros aparecen como formas de amor y de pérdida. Gilma nos explica: “Los animales se vuelven una metáfora de los sentimientos que va teniendo Inés”. Cada uno encarna una relación distinta con el cuidado.

La tortuga, por ejemplo, concentra la culpa. “Es una ansiedad —dice Luque— pensar que va a durar más que tú”. La tortuga desaparece antes de tiempo, y esa desaparición deja una marca, no supo cuidar lo que tenía que cuidar. Los perros, en cambio, representan el rescate mutuo. “Yo lo salvaba de la calle, pero el perro me salvaba a mí”, recuerda la escritora.

La gata Félicette, en cambio, es la posibilidad del regreso. El abuelo le cuenta a Inés que fue enviada al espacio y volvió. “Es la esperanza, la idea de que es posible que alguien vuelva”, nos cuenta. En una novela atravesada por ausencias, los animales ofrecen una educación sentimental alternativa.

El aprendizaje al que apunta la novela es duro, aceptar que vivir es perder. “Estar en el mundo es perder a los otros”, dice Luque. Inés debe conquistarse a sí misma, dejar de depender emocionalmente, asumir que no está preparada ni para amar ni para dejar de hacerlo, pero que ambos gestos forman parte del mismo tránsito. Solo cuando acepta esa transformación, para bien y para mal, el sufrimiento empieza, lentamente, a ceder.

Hacia el final de la entrevista, Gilma Luque confiesa la dificultad de explicar su propia novela. “Sé de qué trata, pero no tengo ni idea”, dice, medio en serio, medio en broma. Escribir, para ella, ocurre en la oscuridad, en una soledad que luego se rompe cuando el libro sale al mundo.

El hombre en el jardín sostiene la incomodidad, insiste en lo que no se resuelve y asume el amor como un proceso que se transforma. Leer esta novela implica aceptar que la ruina de los vínculos no es una excepción, sino una de las formas más comunes, y más honestas, de estar en el mundo.