En 1519 comenzó en la ciudad de Tenochtitlan el derrumbe de un mundo que todavía no sabía que estaba a punto de desaparecer. Ese momento suele marcarse como el inicio de un quiebre histórico que transformó para siempre al Imperio mexica y, por extensión, a todo el continente americano.

Charlamos con la escritora Sofía Guadarrama sobre La conquista de México Tenochtitlan, una novela que parte de ese episodio para proponer algo radicalmente distinto, contar la conquista desde quienes la vivieron violentamente abrumados por todo lo aterrador que estaba ocurriendo.

La conquista contada desde donde casi nunca se cuenta

La conquista de México suele narrarse como un relato de irrupción, los españoles llegan, el mundo indígena cae y la historia avanza. La conquista de México Tenochtitlan, de Sofía Guadarrama, propone una premisa distinta y más incómoda, la historia ya estaba en marcha mucho antes de Cortés, y el poder mexica no era ni inocente ni homogéneo. La autora nos cuenta que su objetivo es “meternos en la cultura nahua para poder entender la historia desde sus ojos, desde su perspectiva y no desde la visión española”.

La autora explica que el proyecto nace de una carencia: “yo sentía que había un vacío… muchas novelas estaban escritas por extranjeros y con una visión extranjera”. Guadarrama propone una lectura que incomoda a ambos bandos, no hay héroes puros ni villanos absolutos. Hay poder, decisiones políticas y consecuencias. Y ahí, precisamente, comienza la literatura.

La novela desplaza deliberadamente a los conquistadores a un segundo plano y centra la mirada en Moctezuma, Cuitláhuac y Cuauhtémoc, los tres tlatoanis que enfrentaron la irrupción de una alteridad absoluta. Guadarrama nos acerca “al otro lado de la historia”, a aquello que los mexicas mismos ignoraban mientras el mundo que conocían se desmoronaba.

En este sentido, La conquista de México Tenochtitlan funciona como una exploración cultural que reconoce la sofisticación mexica sin romantizarla. “Había una idea muy extendida de que vivían en la era de piedra, y no es cierto; era una cultura muy avanzada en muchas cosas”, señala la autora. Pero el reconocimiento no implica absolución, el poder también se ejerce con violencia desde dentro.

Foto de la autora Sofía Guadarrama

Tres tlatoanis, tres formas de ejercer el poder

El corazón narrativo de La conquista de México Tenochtitlan está en sus protagonistas, Moctezuma, Cuitláhuac y Cuauhtémoc, tres tlatoanis distintos entre sí. Guadarrama aclara que el mayor reto fue “estudiar la política, porque la política es la política en cualquier época”.

La novela establece un puente implícito entre el siglo XVI y el presente. Las decisiones de Moctezuma, rodearse de funcionarios jóvenes y sumisos, eliminar contrapesos, resuenan con prácticas contemporáneas. “El poder es el poder; nos vuelve locos”, dice la autora, dejando claro que la historia no es un museo, sino un espejo.

Estos personajes no están construidos como estatuas patrias, sino como figuras humanas atravesadas por ambición, miedo y cálculo. La literatura, aquí, no suaviza el poder, lo exhibe.

Uno de los desafíos más arriesgados del proyecto fue intentar habitar la mentalidad nahua: “fue muy aventurado, muy valiente y muy arriesgado, porque no sabes realmente cómo pensaban”, admite la autora.

Aunque Sofía estudia náhuatl, reconoce las limitaciones lingüísticas y culturales. El esfuerzo, más que en la exactitud filológica, está en la empatía histórica: “Traté de meterme en la piel de Moctezuma, de imaginarme su mundo”, señala. La novela asume el riesgo de la conjetura informada, consciente de que toda reconstrucción del pasado es, en parte, una interpretación.

Ficción para entender lo que la historia no puede decir

Sofía Guadarrama es consciente de los límites del conocimiento histórico: “Es imposible saber qué dijo Moctezuma”, reconoce. Ahí entra la ficción como herramienta interpretativa. La novela utiliza flashbacks, escenas íntimas y diálogos imaginados para reconstruir mentalidades. “La ficción ayuda a entender el entorno y la forma de pensar de la gente”, explica.

Un ejemplo potente es la representación de la epidemia de viruela. Escrita antes de la pandemia de COVID-19, la autora confiesa: “yo me imaginé el desconcierto de ver enfermar a la gente sin entender por qué”. La escena conecta pasado y presente sin subrayados, dejando que la experiencia humana haga el trabajo.

El rigor documental sostiene la novela sin imponerse al lector. Glosarios, cronologías y referencias históricas aparecen como soporte de lectura. Guadarrama habla de una investigación muy profunda que permite que la ficción avance con seguridad.

Política antigua, poder contemporáneo

Uno de los aciertos del libro es mostrar los juegos de poder político. Al narrar las estrategias de los tlatoanis, Guadarrama introduce ideas como: “no quieres a un secretario que sepa más que tú”. La frase, dicha en referencia a Moctezuma, podría escucharse hoy en cualquier análisis político, y con cualquier nombre contemporáneo.

Este cruce temporal refuerza la lectura contemporánea de la novela. La Conquista deja de ser un episodio remoto y se convierte en un estudio sobre el poder, la toma de decisiones y sus consecuencias.

Uno de los ejes centrales del libro es su rechazo frontal al maniqueísmo: “el objetivo de esta novela es no idealizar ni una ni otra”, comenta Guadarrama. La historia no se deja reducir a bandos morales estables.

En la novela, los mexicas no aparecen como víctimas pasivas de un destino impuesto, sino como actores históricos con conflictos internos, estrategias políticas y decisiones equivocadas. “No es una novela que se vaya por el victimismo… traían sus pleitos entre ellos”, afirma. Este enfoque rompe con una tradición narrativa que sustituye el relato colonial por una versión invertida pero igual de simplista.

Portada del libro La Conquista de México Tenochtitlan

La novela como puerta de entrada a la historia

Guadarrama defiende la novela histórica como una herramienta pedagógica poderosa. “La buena novela histórica te mete en el ambiente”, afirma. Frente a la memorización de fechas y nombres, la ficción ofrece experiencia.

El ejemplo que propone es contar la historia como si fuera un chisme familiar, no una lista de acontecimientos: “Si tú ves a un personaje no como un héroe, sino como alguien que hizo cosas malas, la historia se vuelve más real”, nos cuenta. La desmitificación es una forma de humanizar el relato.

La conquista de México Tenochtitlan forma parte de un proyecto mayor. Guadarrama trabaja en un ciclo de diez novelas, concebido desde 2008. “Tengo un vicio: cada vez quiero hacer las cosas mejor”, confiesa. Esta autoexigencia explica la reescritura, la revisión constante y la ambición del proyecto.

La autora insiste en un principio que atraviesa toda su obra: “mi principal objetivo es no aburrir”. La novela es compleja, pero legible; ambiciosa, pero hospitalaria. Lejos del tono solemne que suele rodear la Conquista, el libro apuesta por una narración ágil que no sacrifica profundidad. El resultado es una novela que se deja leer sin dejar de incomodar.

La conquista de México-Tenochtitlan propone una lectura sin consuelo, sin redenciones fáciles ni culpables únicos. Al desplazar el punto de vista hacia el poder mexica, Sofía Guadarrama obliga a mirar la historia sin velos morales.

La Conquista, entendida así, no es un mito fundacional ni una herida cerrada, sino un puñado de movimientos políticos. Y la novela histórica, cuando se atreve a este nivel de complejidad, deja de ser un género de evasión para convertirse en una forma crítica de pensar el presente.