Hablar con Ligia Urroz sobre su novela histórica Por mi gran culpa es asomarse a un territorio donde la ficción respira a partir de una verdad profundamente íntima. No porque la obra pretenda ser un testimonio –Urroz insiste en que todo en ella está transformado, reinventado, filtrado por la imaginación– sino porque su origen es una chispa real.

El detonante fue un sobresalto familiar: una abuela que suelta un secreto que remueve linajes. El apellido Burrows, dice, no debería ser el apellido. El verdadero era otro, uno que cargaba la sombra de un obispo poderoso de León. Ese instante se convirtió en la grieta narrativa por donde se filtró la violencia, la memoria y, sobre todo, esa emoción que atraviesa a la humanidad: la culpa.

El significado de la culpa en la obra de Urroz

Cuando Urroz habla de culpa, no lo hace desde el discurso académico, sino desde el pulso vivo de una emoción que nos educaron a sentir incluso antes de tener conciencia del mundo. Y lo dice así: "la culpa es la emoción regente de la novela. La guía, la fisura, la llama".

En su voz hay una claridad sin adornos: la culpa no llega sola; es un legado. Un eco que la humanidad arrastra desde aquella escena primigenia del Génesis —Eva, la manzana, la caída— y que el catolicismo convirtió en ritual cotidiano. “Por mi gran culpa”, recitan los fieles en latín dentro de la Catedral de León al inicio del libro, mientras Urroz contrapuntea esa letanía con la respiración nerviosa de sus personajes.

La novela abre con ese choque: un rito antiguo que insiste en que somos culpables de algo insondable; una joven que carga un peso que no le pertenece.

Portada del libro Por mi gran culpa de Ligia Urroz.

Josefa y el Obispo

Josefa, la protagonista, nace del rumor familiar pero toma forma en la ficción. Urroz reconstruye su vida desde la infancia hasta el exilio forzado hacia Galicia, el Caribe y Centroamérica.

El punto de quiebre —la violación por parte del obispo— es el núcleo de la historia. Sin embargo, la autora destaca un matiz crucial:

“En la novela, la culpa que experimenta Josefa no es consecuencia del acto, sino de la manipulación. El obispo no solo abusa de ella; la seduce intelectualmente, le vende la idea de que el daño es amor.”

Para escribirlo, Urroz llevó la retórica eclesiástica a su extremo más perverso. El mal no aparece como un monstruo evidente, sino como un encanto venenoso.

Las hermanas de Josefa —Genoveva y Dolores— surgieron de un dato pequeñísimo: dos mujeres que llegaron juntas a Nicaragua. Urroz crea un universo donde cada personaje cumple una función emocional precisa, revelando verdades sobre el miedo, la migración y la identidad.

María Luisa: Un símbolo de sororidad y fortaleza

Entre esos personajes, sin duda, hay uno que despunta: María Luisa. Urroz habla de ella con una calidez casi reverencial. "Es una mujer adelantada a su época, viajera por necesidad, libre por convicción, fuerte por historia personal".

Está construida —dice la autora— a partir de muchas mujeres de su propia vida: su madre, su abuela, su hermana, sus amigas. Una especie de constelación otorgada a un solo cuerpo narrativo. María Luisa es, en palabras de Urroz, la prueba de que la sororidad no es un discurso moderno, sino un instinto ancestral.

Y no es casual que su nombre sea también un homenaje: María Luisa era el nombre de la abuela paterna de Urroz, la misma que contó aquella historia del obispo. La literatura, aquí, hace un nudo perfecto.

Luz, oscuridad y el arte de narrar por oleajes

Una decisión estructural marcó el rumbo definitivo del libro. En su primera versión, la novela estaba escrita de manera lineal y sombría.

Fue Fernanda Álvarez, la editora, quien sugirió buscar contrastes. Urroz imprimió el manuscrito entero, lo extendió sobre una mesa larguísima y empezó a mover fragmentos como quien reacomoda las piezas de un vitral. Así apareció la secuencia actual: capítulos que oscilan entre claridad y penumbra, que avanzan y retroceden en el tiempo.

El efecto es que el lector no queda atrapado en la oscuridad del abuso, sino que encuentra intermitencias de luz —el viaje, el mar, los nuevos paisajes— que permiten respirar antes de volver a la herida. Urroz lo llama “finales de viernes”, esas escenas que terminan con una tensión que obliga a volver el lunes. Un guiño a las telenovelas de antaño, pero también una herramienta literaria eficaz para sostener el ritmo.

Fotografía de la escritora Ligia Urroz.

Los sentidos como arquitectura narrativa

Si hay un aspecto memorable en Por mi gran culpa, es la potencia sensorial con la que está escrita. Urroz convierte el olor, el sonido y el tacto en ejes narrativos.

La novela abre en una catedral cerrada, fría, saturada de cuerpos que no se bañan, impregnada de grasa, sudor, humedades antiguas, flores marchitas y cirios consumidos. Todo huele, todo corrompe, todo pesa. Es una puesta en escena que descoloca: la fe envuelta en un hedor insoportable.

Para llegar ahí, la autora investigó exahustivamente. Buscó cómo se vestían las mujeres en 1870, cómo funcionaban los barcos de vapor, qué caminos seguían entre Vigo y el Caribe, qué músicas se escuchaban en Galicia, en Santiago de Cuba, en Managua. Visitó el Museo del Vestido en Madrid para entender qué significaba respirar con un corsé apretado. Y ese dato —tan corporal, tan concreto— aparece en la novela, irradiando significado: las mujeres no podían llenar los pulmones, se desmayaban, vivían constreñidas física y simbólicamente.

La música, en cambio, es libertad. Josefa es músico, y la novela está atravesada por un soundtrack silencioso que acompasa cada espacio. En España, Mozart y los coros. En el Caribe, el primer bolero: Tristezas.

En Nicaragua, las festividades populares, los cantos religiosos, la música callejera. La autora, que también es música —forma parte de la banda Octubre 20—, incorpora ese oído absoluto en la estructura del libro. El resultado es una novela que se escucha mientras se lee.

Un velo que revela más de lo que oculta

La imagen de la portada es una fotografía de Giuseppe Gradella, recomendada por Guillermo Arriaga —quien, dicho sea de paso, también escribió la contraportada del libro y acompañó a Urroz en las primeras lecturas del manuscrito—. La fotografía muestra a una mujer velada, temerosa, sonrojada, en un gesto que mezcla pudor, resignación y deseo de desaparecer. Para Urroz, fue inmediato: “Esta es Josefa”.

Desde su publicación, Por mi gran culpa ha encontrado un eco tan inesperado como profundo. Lectoras que no pueden soltarla, lectores que confiesan haber revivido escenas duras, personas que encuentran en la novela un espacio donde la palabra «abuso» deja de ser un secreto vergonzoso para convertirse en una verdad compartida. Urroz recibe cada mensaje con una mezcla de gratitud y asombro: la literatura, dice, no cura por sí sola, pero abre puertas. Y a veces eso basta para empezar a caminar.

La culpa que cargamos sin saberlo

Al final de la conversación, Urroz regresa a la emoción que da título a la novela y la sostiene de principio a fin: la culpa. No la culpa ética, la que nace de un acto propio, sino esa otra, más silenciosa, heredada, aprendida, transmitida por generaciones sin que nadie se atreva a cuestionarla.

La culpa que pesa sobre las mujeres por no ajustarse al molde que se espera de ellas: ser madres perfectas, hijas perfectas, cuidadoras infalibles, profesionales discretas. La culpa que, como una humedad antigua, se cuela en los huesos.

Conversar con Ligia Urroz es recordar que la ficción y sobre todo la literatura mexicana contemporánea no está hecha solo de palabras, sino de tensiones humanas: el mal disfrazado de ternura, la fe envuelta en olor a multitudes, el viaje como ruptura y renacimiento, la música como tabla de salvación. Por mi gran culpa no ofrece un cierre limpio ni una moraleja; ofrece, en cambio, un espejo. Uno que incomoda, que interroga, que revela lo que preferiríamos evitar.