Mónica Rojas no escribe para contar una historia: escribe para exorcizarla. Lo dice ella misma al hablar de su novela A la sombra de un árbol muerto (H Literatura), un libro que brota desde las entrañas de la memoria familiar, el dolor heredado y las voces femeninas que el tiempo quiso callar.

La escritora y periodista poblana habla en esta entrevista con una lucidez que desarma, la suya es una narrativa que mezcla el realismo mágico con la crónica de la vida cotidiana mexicana, donde los muertos nunca terminan de irse y la historia se cuela por las grietas del cuerpo.

Desde el primer minuto de la conversación, Rojas deja claro que su novela no fue un proyecto planificado, sino un ejercicio de introspección radical: “Fue casi un exorcismo”, confiesa. Y es que A la sombra de un árbol muerto no se sostiene en la ficción como artificio, sino en la carne y la memoria.

En sus páginas se entrelazan tres generaciones de mujeres —Magdalena, Petra y Leonarda— marcadas por la violencia, el silencio y una maternidad impuesta. La novela es un territorio donde el trauma germina, incluso bajo la tierra seca.

El salto nunca dado del periodismo a la literatura

Cuando le preguntamos a Mónica Rojas cómo pasó del periodismo a la narrativa, su respuesta es contundente: “Uno es periodista para toda la vida”. No hay transición, dice, sino una continuidad. El periodismo le dio las herramientas para mirar, para registrar lo que duele y lo que resiste; la literatura, en cambio, le permitió mirar hacia adentro. En esa tensión se mueve su escritura, entre el dato y el delirio, entre la crónica y el conjuro.

En A la sombra de un árbol muerto no hay distancia entre la narradora y lo narrado; la historia no se observa, se encarna. Rojas habla de una historia que ya estaba escrita en su cuerpo, en su infancia, en la voz de su abuela. Esa herencia oral se convierte en el eje de su narrativa. Como periodista, aprendió a buscar la verdad; como novelista, descubrió que hay verdades que solo se revelan a través del mito.

Fotografía de la escritora Mónica Rojas.

México y sus muertos que no mueren o el verdadero realismo mágico

“En México los muertos no se mueren realmente”, afirma Rojas, y esa frase podría ser el corazón de toda su novela. En su universo narrativo, la muerte no es ausencia, sino persistencia. Los muertos siguen respirando en los colibríes, en las canciones, en la memoria colectiva. Son parte del paisaje emocional del país.

Por eso el realismo mágico de Rojas no tiene nada de exótico ni de impostado. Es una extensión natural de la cultura mexicana. La escritora lo llama “una manera de entender el mundo”, una forma de convivir con lo paranormal que no necesita explicación. Sus influencias, admite, se sienten más de lo que se piensan: hay ecos de Elena Garro y de Rulfo, pero también de la abuela que le contaba historias de la Revolución y la Guerra Cristera mientras preparaba el café.

En su visión, el realismo mágico mexicano no viene de la literatura, sino del folclore, del habla, de la música. Es el país mismo el que dicta el tono de la narración, un territorio donde los fantasmas se sientan a la mesa y el dolor tiene nombre propio.

Las raíces del dolor: mujeres, trauma y resistencia

El árbol del título no es una metáfora gratuita. Es el símbolo de una genealogía rota, pero viva. “El árbol está muerto, pero está de pie”, dice Rojas. Y esa imagen ilustra muy bien el espíritu de su novela, la resistencia silenciosa de las mujeres que, a pesar de todo, permanecen.

Magdalena, Petra y Leonarda son tres generaciones que cargan el peso del dolor, del aborto, de la imposibilidad. Sus historias están atravesadas por la maternidad, por el cuerpo como territorio impuesto, por la lucha contra un destino que parece heredado. Rojas no romantiza el sufrimiento, lo muestra como lo que es, un trauma que se hereda de madre a hija, de abuela a nieta, como una maldición que se pronuncia en silencio.

Portada del libro A la sombra de un árbol muerto de Mónica Rojas.

Lo interesante es cómo esa herida colectiva se transforma en un acto de resistencia. Las mujeres de Rojas no son víctimas pasivas, sino figuras que desafían los mandatos sociales. Petra, por ejemplo, representa la fuerza de lo femenino rebelde, una mujer que se niega a obedecer, que empuña su destino como quien empuña un rifle en la Revolución. Su nieta Leonarda, en cambio, carga con la dolencia de lo heredado, pero también con la lucidez de quien entiende que nombrar el dolor ya es una forma de romper el ciclo.

En ese sentido, A la sombra de un árbol muerto dialoga con la historia de México desde el cuerpo femenino donde la guerra, la religión, el silencio y la culpa se entretejen con la vida cotidiana.

Oralidad, música y memoria popular en A la sombra de un árbol muerto

Rojas nació entre boleros y cumbias. En su casa, los libros eran un lujo, pero la palabra oral era un alimento cotidiano. Su abuelo, violinista y cantante, fue su primer narrador y su abuela, su primera cronista. De ellos heredó la cadencia, el ritmo, el amor por la historia contada en voz alta.

En A la sombra de un árbol muerto aparecen nanas, boleros, canciones populares que funcionan como hilos de memoria, voces que complementan la historia. La autora cuenta, entre risas, que durante la escritura ocurrieron cosas “paranormales” como el olor a pólvora, un espejo que devolvía otros ojos. Pero lo dice sin dramatismo, en su mundo, esas cosas pasan. Porque, como ella misma afirma, en México lo sobrenatural no asusta, acompaña.

Rojas busca que el lector sienta que alguien le está contando la historia al oído, con las pausas, las omisiones y los silencios propios de una charla. En esa decisión formal hay una voluntad de recuperar la tradición oral como forma de resistencia cultural.

Linajes, migraciones y el exilio interior

Si algo atraviesa la novela es la búsqueda. Ya sea de identidad, de raíces, de redención, etcétera. Cada personaje migra de un lugar a otro, pero también dentro de sí mismo; hay desplazamientos geográficos, pero sobre todo emocionales.

Rojas entiende la migración como una forma de exilio interior, nadie llega del todo a donde quiere, nadie se encuentra del todo. Esa imposibilidad de completarse es, al final, lo que une a sus personajes con el lector.

En ese sentido, la novela habla de las pequeñas fugas: de las mujeres que escapan de sus casas, de los hombres que buscan una tierra fértil, de las familias que se desintegran y se reinventan. Todo el tiempo hay un intento de reconciliarse con el pasado, aunque sea desde el duelo.

La escritora caprichosa

La obra de Mónica Rojas no cabe en una sola categoría. Ha escrito literatura infantil (El niño que tocó las estrellas), narrativa testimonial (Voces fragmentadas) y ahora una novela densa, dolorosa y poética. Ella misma lo explica con ironía: “Los escritores somos seres caprichosos. Estamos bien en un género y luego queremos explorar otro”.

Su paso por la literatura infantil no contradice su lado oscuro; lo complementa. En ambos casos hay una necesidad de explorar la vulnerabilidad humana, de nombrar lo que se oculta. Hoy, confiesa, está enamorada del guionismo, pero sabe que tarde o temprano volverá a la novela.

Y si algo caracteriza su escritura es la intención de incomodar. “Me gusta poner al lector en un lugar incómodo”, dice con una sonrisa. Porque solo en la incomodidad hay pensamiento. Un libro fácil se olvida rápido; uno que sacude, se queda.

Para ella, la literatura es un espacio de encuentro y de libertad. Un pacto sin intermediarios donde se pueden tocar temas que siguen siendo incómodos: la maternidad, la subalternidad, la violencia. Su objetivo no es ofrecer respuestas, sino mantener las preguntas sobre la mesa. “Cuando los temas nos incomodan, es porque todavía están vivos”, dice.

A la sombra de un árbol muerto de Mónica Rojas es una novela mexicana que hunde sus raíces en la historia de México y en la memoria de sus mujeres. Habla de la vida y la muerte, de los fantasmas y los silencios, del cuerpo como archivo de la historia. Pero sobre todo, habla de resistencia.

El árbol está muerto, sí, pero sigue de pie. Y mientras alguien lo recuerde, seguirá respirando. La muerte, en su universo, no es un final, es una raíz que se niega a soltar la tierra. Y de esa raíz, como de los libros que nacen del dolor, siempre brota algo vivo.