Yo que nunca supe de los hombres y Dua Lipa: ¿hype justificado?
Yo que nunca supe de los hombres (Alianza Voces) se convirtió en un fenómeno literario en TikTok en 2025 gracias a una recomendación de Dua Lipa en su plataforma Service95 Bookclub y al que se refiere como “evocadora y apasionante”.
El libro, publicado por la escritora y psicoanalista belga Jacqueline Harpman, había gozado de reconocimiento en Europa al publicarse en 1995, pero fue 30 años después que su fama alcanzó un reconocimiento internacional. Lamentablemente, la autora no pudo ver esta masiva recepción de su obra dado que falleció en 2012.
¿De qué trata Yo que nunca supe de los hombres?
La trama es simple: 40 mujeres encerradas en un sótano logran escapar un día de la jaula donde se encontraban sólo para toparse con una cárcel peor: un mundo que no reconocen, idénticas sus latitudes y paisaje, sin respuestas, sin sentido.
La narradora-protagonista de esta historia carece de nombre (sólo sabemos que le dicen “la Niña”) y la seguimos hasta el final de su recorrido. Ella escribe lo que recuerda, lo que ocurre y las pocas respuestas que encontró a lo largo de la narración.
Desoladora, triste, por momentos tierna, la historia se construye con base en el interés intelectual que tiene la protagonista: quiere aprender, quiere conocer, quiere saber. Sin este deseo no tendríamos el contenido que relata, que escribe con la esperanza de encontrar un remitente que sepa de su destino.
La sororidad, la supervivencia, el conocimiento y la comunidad
Las mujeres ignoran las razones por las que se encuentran encerradas, muchas de ellas (las mayores) conocen el mundo antes de los eventos que nos son narrados, sin embargo, sus recuerdos escasean, se vuelven borrosos y carecen de importancia dentro de su rutina.
Una de las grandes virtudes de la novela de Harpman es la conformación colectiva del conocimiento: la narradora es inquisitiva, lo que obliga al resto de las mujeres a recordar para compartir lo que sabe y enseñarle lo que ella desea. Principalmente sobre la menstruación (la narradora no menstrua a pesar de sus quince años), las matemáticas, a leer, a escribir y, sobre todo, las relaciones humanas en el mundo “antes de la catástrofe”.
Esta colectividad le ayuda a la narradora a formar lazos más duraderos con ellas y a ellas las empuja a intentar conformar narrativas más complejas que les devuelva la identidad de la que fueron despojadas, un proceso que a la narradora le tomará un tiempo configurar para sí misma.
Cuando logran acceder al mundo fuera de su encierro echan mano de utensilios y de materiales para construir rudimentarios equipos de transporte para la comida y la ropa; para construir chozas; para construir letrinas y un cementerio.
La supervivencia aunada a las afinidades creadas por los deseos de cada una de aprender o de enseñarle a la narradora cómo era la vida de antes (además del hecho de que son las únicas que recorren el mundo donde aparecen), se vuelven una didáctica de la sororidad dentro de la novela de Harpman, así como una didáctica de la supervivencia y del recuerdo colectivo.

¿Vale la pena el hype? Los defectos de la narración
En mi experiencia lectora, los deseos de conocimiento que tenía la narradora los tenía yo: quería saber más al respecto, lo que ocurrió antes, el porqué de las garitas, los guardias, la comida. En este sentido, Jacqueline Harpman construyó una novela intrigante de inicio a fin conforme más información nos era dada a través de la experiencia de la protagonista.
Sin embargo, debo decir que tiene un defecto grande: la falta de razones no se convierte en un elemento de ambigüedad que motive las interpretaciones, sino que se convierte en una falla de construcción de mundo que, a pesar de provocar el efecto de tedio, soledad y desesperación de la narradora, no termina por convencer en general.
Existen ejemplos donde funciona esta falta de información como un espolón para interpretar la obra: Esperando a Godot de Beckett; El desierto de los tártaros de Buzzati; El proceso de Kafka. En cada una de estas obras la ausencia es una pieza más de la obra en tanto que funciona para delinear el resto de la interpretación de la novela.
Por ejemplo, si quisiera afirmar que Yo que nunca supe de los hombres trata sobre la conflictiva construcción de identidad en un mundo falto de elementos que permitan construirla sólo parcialmente es convincente la afirmación por todo lo que acabo de decir; o bien es una afirmación que carece de profundidad por su reiteración. En cambio, si afirmo que El proceso trata sobre la alienación en los diferentes niveles de una sociedad (individual en el caso del señor K. e institucional en el caso de los jueces) a través de la burocracia, todo cobra sentido y se añaden diferentes niveles de lectura.
Por lo tanto, pensaría que una obra como la de Jacqueline Harpman toca, principalmente, la fragilidad de la existencia en un mundo hostil por su repetición, pero, sobre todo, que es una obra en la que la monotonía es el principal adversario de una mente inquieta y que requiere de un esfuerzo sobrehumano no dejarse caer en esa comodidad de la placidez mental.
Yo sé que se debe a mi percepción como intelectual que encuentro mayor sentido en una lectura así, pero también considero que no es contraria al carácter de la narradora, quien al final siempre busca evolucionar (y lo logra muy bien) a partir de su evolución sintáctica y léxica a lo largo de las 180 páginas que tiene el libro.
Así que si decides darle una oportunidad a esta obra de una autora que, hasta apenas en 2025 era prácticamente desconocida en México, encontrarás una motivación para querer saber –y hacer– más en un mundo que, ante todo, se rige por un orden incuestionable (aunque no irreversible) de las cosas.
Alonzo Caudillo
