Steampunk: la estética que nació en los libros de Julio Verne 

Libros steampunk de Julio Verne

El steampunk suele presentarse hoy como una estética llamativa con gogles, corsés, cobre bruñido, máquinas imposibles que funcionan a vapor y una nostalgia elegante por un siglo XIX que nunca existió del todo. Antes de ser estilo, el steampunk fue imaginación tecnológica. Y antes de tener nombre, tuvo un autor que pensó el futuro con hierro, presión y cálculo, Julio Verne

Técnicamente, Verne no escribió steampunk, el término llegaría casi un siglo después, pero sí construyó el imaginario que lo hizo inevitable. El steampunk nace como una herencia directa de la fe decimonónica en la ingeniería, una fe que hoy leemos con fascinación y sospecha a partes iguales. 

¿Qué es el steampunk? Cuando el futuro todavía usaba engranes 

En términos simples, el steampunk es una corriente estética y narrativa que imagina un desarrollo tecnológico avanzado basado en la energía a vapor y en la mecánica del siglo XIX. Su escenario habitual es la era victoriana, o un equivalente ficticio, y su obsesión central es mostrar la tecnología como algo visible, ruidoso y material. Aquí no hay pantallas limpias ni procesos invisibles, hay engranes, calderas, pistones, válvulas y humo. 

Desde el punto de vista literario, el steampunk es un subgénero de la ciencia ficción retrospectiva, es decir, que de alguna forma reescribe el futuro hacia atrás, ¿qué habría pasado si el mundo hubiera seguido desarrollándose con vapor, metal y relojería en lugar de electricidad y microchips? Esta pregunta es menos ingenua de lo que parece, porque pone en crisis la idea de progreso lineal y obliga a mirar la historia tecnológica como una serie de decisiones culturales. 

Los libros de steampunk de Julio Verne 

Julio Verne escribió en pleno siglo XIX, cuando la ciencia todavía se percibía como espectáculo, promesa y aventura. Sus novelas funcionan como catálogos imaginativos de lo que la tecnología podía llegar a ser, pero también como escenarios donde esa tecnología reorganiza la vida, el tiempo y el poder. 

Veinte mil leguas de viaje submarino 

Si hay un objeto fundacional del imaginario steampunk, ese es el Nautilus. Y es que este submarino avanzado para su época es toda una máquina autónoma, autosuficiente, diseñada con una lógica industrial y descrita hasta el último tornillo. Verne dedica páginas enteras de Veinte mil leguas de viaje submarino a explicar su funcionamiento, sus materiales y su sistema energético. 

El capitán Nemo encarna otra figura clave del steampunk, la del científico-genio que vive al margen del mundo. Su relación con la máquina es íntima, casi moral. El Nautilus para él es casi una declaración política y existencial. Esta combinación de ingeniería, aislamiento y disidencia reaparece una y otra vez en la literatura y el cine steampunk posteriores. 

Portada del libro veinte mil leguas de viaje submarino

La vuelta al mundo en ochenta días 

En La vuelta al mundo en ochenda días la máquina es más una red de trenes, barcos, rutas, horarios. Phileas Fogg no conquista el mundo con fuerza, sino con cálculo. El tiempo se vuelve una variable manipulable gracias a la tecnología. El steampunk heredará esta idea de que el progreso no solo acelera la vida, sino que la convierte en un mecanismo preciso, medible y, por lo tanto, controlable. 

De la Tierra a la Luna 

En esta novela, Verne lleva al extremo la fascinación por la ingeniería. En De la Tierra a la Luna, el proyecto de lanzar un proyectil lunar no se presenta como magia, sino como un problema técnico que puede resolverse con suficientes cálculos, materiales y audacia. El placer del texto está en la explicación, en la desmesura racional. Esta épica de la ciencia exagerada es una de las bases del tono steampunk contemporáneo. 

Portada del libro De la tierra a la luna

La isla misteriosa 

Quizá La isla misteriosa sea el libro más revelador para entender el trasfondo ideológico del steampunk. Aquí, un grupo de náufragos reconstruye la civilización desde cero usando conocimiento científico. El progreso aparece como salvación, pero también como una ilusión frágil. 

La tecnología depende del saber humano y de los recursos disponibles, no es automática ni garantizada. Esta ambivalencia será crucial en las relecturas modernas del steampunk, mucho más críticas con la idea de avance ilimitado. 

Portada del libro La isla misteriosa

La herencia literaria del steampunk 

El término “steampunk” fue acuñado en los años ochenta, pero su linaje literario viene desde mucho antes. Autores como H. G. Wells heredaron de Verne la obsesión por la máquina, aunque introdujeron una mirada más oscura y política. La máquina del tiempo o La guerra de los mundos ya no celebran el progreso sin reservas, lo ponen en duda. 

Más adelante, escritores como K. W. Jeter, James P. Blaylock y Tim Powers formalizaron el steampunk como subgénero, exagerando sus elementos visuales y subrayando sus contradicciones. En obras más recientes, como las de China Miéville, la estética steampunk se mezcla con lo grotesco y lo social, mostrando ciudades industriales donde la tecnología es tan opresiva como fascinante. 

En todos los casos, el punto de partida sigue siendo el mismo: una imaginación técnica heredada del siglo XIX, donde la máquina se describe, se exhibe y se problematiza. Verne no está en la superficie, pero sigue operando como cimiento. 

Retrato de Julio Verne

Steampunk fuera de los libros: cine, moda y cultura pop 

La fuerza del steampunk se hace especialmente visible cuando salta de la página a otros medios. Su estética es tan concreta que resulta altamente adaptable, y por eso ha encontrado terreno fértil en el cine, la animación, la moda y la cultura visual contemporánea. 

Cine 

En el cine, el steampunk suele manifestarse a través de mundos donde la tecnología es excesiva y explícita. Brazil (1985), de Terry Gilliam, muestra un universo burocrático saturado de tubos, conductos y máquinas absurdas, una pesadilla industrial heredera directa del imaginario verniano llevado al extremo. 

Steamboy (2004), de Katsuhiro Otomo, es un ejemplo literal: una historia centrada en una fuente de energía a vapor revolucionaria, ambientada en una Inglaterra victoriana alternativa. Aquí la máquina vuelve a ser el centro del conflicto moral. 

En el terreno de la animación comercial, Disney ha ofrecido dos de las reinterpretaciones steampunk más claras. Atlantis: el imperio perdido presenta una expedición tecnológica con vehículos, armas y diseños inspirados en la ingeniería de finales del siglo XIX, combinados con una fe casi verniana en la exploración científica. 

El planeta del tesoro hace algo aún más evidente, reimagina una novela clásica (La isla del tesoro) a través de una estética retrofuturista donde los barcos espaciales funcionan como galeones mecánicos impulsados por energía visible. 

Fotograma de la película Steamboy

Cultura visual y pop 

En la moda, el steampunk traduce la fascinación literaria por la máquina al cuerpo. Corsés, chalecos, relojes de bolsillo, engranes decorativos y gafas de aviador convierten al individuo en una extensión de la tecnología. No se trata solo de vestirse “a la antigua”, sino de exhibir una relación física con la mecánica, como si el cuerpo también fuera una máquina que puede ensamblarse y modificarse. 

Este gesto conecta directamente con la literatura de Verne, donde los personajes dependen de instrumentos, mapas y artefactos para existir en el mundo. La moda steampunk es una declaración de pertenencia a un imaginario tecnológico específico. 

En la ilustración, el cómic y los videojuegos, el steampunk se ha consolidado como un lenguaje visual reconocible. Mundos llenos de fábricas, ciudades cubiertas de humo, autómatas y dispositivos imposibles dialogan con una nostalgia crítica, la belleza de la máquina convive con su potencial destructivo. 

Videojuegos como Bioshock Infinite o Dishonored (aunque mezclen otros géneros) utilizan esta estética para reflexionar sobre poder, control y progreso. De nuevo, la herencia verniana es clara: la tecnología no es neutral, siempre implica una forma de organizar la sociedad. 

Julio Verne no diseñó la estética steampunk como tal, pero sí un modo de pensar la tecnología como relato. Sus máquinas fueron verdaderos símbolos de una época que creía en el progreso con una fe casi religiosa. El steampunk toma esa fe, la exagera y la pone bajo sospecha. 

Por eso, más que un homenaje, el steampunk es una consecuencia. Una prueba de que cuando el futuro se vuelve demasiado abstracto, seguimos regresando a Verne para recordar cómo se soñaba el mañana cuando todavía hacía ruido y estaba hecho de metal. 

Citlalmina Guadarrama